martes, 22 de enero de 2013

UN DURO DIA DE TRABAJO.- Por Utópica


La jornada estaba siendo larga y complicada. Había que presentar  la nueva colección y llevaba todo el día peleándome con medio mundo para que tuvieran todo listo. Mi jefe estaba más nervioso que nunca y me hacía llamar a unos y a otros para asegurarme que todo marchaba conforme lo previsto.
No estaba de humor y, ya casi cuando terminaba la jornada de trabajo, entré a su despacho muy seria. Era mi manera de hacerle pagar a ese cabrón el estrés al que me tenía sometida los últimos días.
Dejé los papeles sobre su mesa sin esperar a que terminara la llamada de teléfono y me di media vuelta.
- Sandra- me volví. Con gesto serio y, autoritario, me dijo- hoy te necesitaré más tarde.
Ni una palabra más, el  volvió a su llamada y yo salí del despacho igual de seria que había entrado pero, al salir, mi gesto se transformó en una sonrisa pícara.
La gente comenzó a marcharse y algunos me preguntaron si no me iba.
- No, está haciendo unas llamadas y quiere solucionar no se qué!!!! Les contestaba con mal humor.
Cuando estábamos solos en el edificio, entré en el despacho, con mi cuaderno, como siempre.
- ¿Qué más necesita?
Sabía que el cuaderno no sería necesario.
- Desnúdate.
Le miré, sonriente, y comencé a desnudarme despacio, como sabía que le gustaba.
- Hoy quiero que te quites la ropa deprisa.
Le miré sorprendida. Sabía que le gustaba jugar y era la primera vez que me pedía que lo hiciera rápido.
Se recostó en su sillón, observándome.
A pesar de su orden de hacerlo rápido, no pude dejar de hacerlo con movimientos morbosos.
Cuando estuve desnuda, me quedé quieta, frente a él, esperando un gesto, una palabra... Me incomodaba estar así, y él lo sabía.
Se levantó despacio, tapo mis ojos con una venda, y me hizo permanecer quieta un tiempo que me pareció interminable.
Le sentí a mi espalda y, por el ruido, llevaba algo en la mano.
Escuché el ruido de la seda y pronto la sentí sobre mi piel. Escuché como me olía mientras, suavemente, me colocaba una camisa. Abrochó los botones de abajo y acarició mi pecho, dejándolo al descubierto.


















Se agacho frente a mí y ayudándome, me hizo colocarme una falda.
Volvió a ponerse a la altura de mi boca y, solo entonces, comenzó a besarme mientras sus manos acariciaban las suaves telas sobre mi cuerpo.
Dejó sus fuertes manos colocadas en la línea que separa mis nalgas de mis piernas, apretando en la medida de la intensidad de los besos.
Se separó unos pasos y con dos dedos empezó a recorrerme desde la garganta hasta el ombligo.
Sentía erizarse mi piel a su contacto, intenté alargar los brazos para tocarle, pero no me lo permitió.
Seguí quieta, con las manos sobre los costados de mi cuerpo, esperando su contacto, sus caricias: ansiosa por estar entre sus brazos, por sentir como mi deseo se veía recompensado, pero hoy parecía no desear más que observarme, disfrutar de mi.
Sus dedos iban y venían y mi deseo aumentaba al ritmo de los centímetros de mi cuerpo recorridos.
 Se agacho frente a mí, elevó mi falda, y, al calor que desprendía mi sexo, comenzó a unirse el desprendido por su respiración, con su boca casi pegada a mi cuerpo. Podía sentir como me acariciaba con el halo que desprendía su boca.  Me hacía estremecer cada vez que le sentía cerca, me hacía suspirar cada vez que esperaba su contacto para luego sentir como ese calor se alejaba de nuevo de mi cuerpo. Mi piel le deseaba, yo le deseaba. Subió, despacio, de nuevo a mi boca, escondió sus dedos entre los labios de mi sexo, me besó apasionado.
- Así es como quiero tenerte siempre.
Volvió a bajar, recorriendo con su lengua mi cuerpo, para interrumpir su recorrido en aquellas partes  cubiertas por la ropa. De nuevo elevó mi falda y esta vez sin espera, introdujo su lengua entre mis labios, agarrándose a mi culo.
Bebió de mí ser, apasionado;  deleitándose en el momento, amándome con la mayor de las pasiones.
No buscaba mi orgasmo, diría que ni siquiera mi placer, buscaba disfrutar de mí, sentirme.
Le conocía y sabía que era su manera de pedir perdón, y yo… yo le perdonaba entregándome de la más pasional de las maneras posibles.
Agarró mi mano y me guió hasta su sillón. Me sentó sobre sus piernas, de frente a el, y nuevamente me beso, arrimándome a su cuerpo. Comencé a notar la humedad de su polla acariciando casualmente mi coñito. Estaba deseando follarme, lo sabía, pero también deseaba darme todo el placer posible. Hacia bailar mis nalgas sobre sus piernas, sentía su virilidad pegada a mí. Acariciaba mis pechos, los besaba, los lamía. Necesitaba acariciarle, pero no sabía si me lo permitiría. Justo en ese momento, agarro mi mano y la llevo hacia su sexo.
Ufff, al sentir esa humedad en mis manos, de repente, desee comerle y así se lo pedí.
- Déjame que te coma.
Me guió a arrodillarme frente a el. Quise quitarme la venda, pero no me lo permitió.
- Hazlo así.
Necesité llevar ambas manos sobre su sexo para guiarme; le acaricié, fui arrimándome poco a poco a ella, como una gatita salvaje, sintiendo el calor en mi cara en la corta distancia que nos separaba. Mi lengua comenzó a posarse en ella, despacio, recorriéndola. Con deseo pero sin ansia. La recorrí de arriba a abajo, de abajo a arriba, la acaricie con mis manos, con mi lengua... sentí su calor, sentí su deseo. Sentía como iba creciendo un poco más en mis manos y desee sentirla crecer en mi boca. Quería sentirme llena de él, y mi boca sería lo primero.
La introduje hasta el fondo, la acaricie como pude con mi lengua, volví a sacarla y recorrí el capullo. Pocas veces había deseado de manera tan calmada pero tan profunda una polla y estaba tan centrada en ella que no era consciente de que me estaba observando. Era como si solo estuviéramos su polla y yo. Nada era capaz de distraer mi atención de aquel miembro caliente y erecto.
Me levanté como pude y me senté sobre él, arrimando mi sexo al suyo, abrazándole y buscando su boca en la oscuridad, pero solo lo conseguí cuando él lo deseo. Agarro mi cara con ambas manos y unimos nuestras bocas en un excitante beso.
Sus manos fueron a mi culo y me arrimó a él, penetrándome sin aviso previo, presionó mis nalgas  para no permitirme ningún movimiento. Me abrazó fuerte, uniendo nuestros cuerpos, y me susurro al oído.
- Me encanta estar dentro de ti.
Poco a poco fue guiando mis caderas en movimientos pausados sobre su cuerpo mientras lamía mis pechos. Me quitó la venda, supongo que deseoso de que viera su cara de placer mientras me comía.
Cuando pude recuperar la visión, le vi sobre mi pecho, mirándome a los ojos, con la lengua fuera, retador, amenazante, como si esa lengua fuera una poderosa arma... y así era, solo con esa lengua, esa boca en mi pecho era capaz de producirme sensaciones imposible de explicar, hasta provocarme orgasmo tras orgasmo. Lo sabía, y esa mirada saco de mi una amplia sonrisa pícara que se siguió con un movimiento de mis manos a su cabeza, para hundirle en mi pecho.
Los movimientos de mi pelvis empezaron a acelerarse y su mirada se clavo en la mía sin que su boca se apartara de mis pechos. Comenzó a azotar suavemente mi culo al ritmo de las penetraciones aunque pronto comencé a acelerarlos por la excitación, no podía más, y lo sabía. Por eso, sus labios comenzaron a trabajarse más mis pechos y su mirada se encendía en cada movimiento. Jadeaba, gritaba, y no dejaba de de moverme de manera convulsiva sobre el, le ofrecía mis pechos, me clavaba en su sexo, volví a gritar y sus manos fueron de nuevo a mi culo, aprontándome contra el para sentir la humedad que manaba de mi cuerpo.
Me abrazó y no supe si el mayor placer me había llegado por el tremendo orgasmo o por sentirle tan unida a mí.
Me levanté despacio, mirándole provocadora, y me apoyé en la mesa ofreciéndole mi culo. Sonriendo, te levantaste y comenzaste a penetrarme con fuerza. Sabía que estabas muy caliente, y solo el control que te daba esa postura sobre mi cuerpo conseguiría saciarte. Agarraste la primera prenda que encontraste y la colocaste bajo mi cuerpo, a la altura de mi ombligo, agarrando por los lados para ayudarte a embestirme con la fuerza que necesitaba tu excitación.
La penetración era tan profunda que llegabas a hacerme daño, pero solo deseaba más, solo quería compensarte, no solo por el orgasmo que acababa de tener, si no por todos y cada uno de los momentos de excitación que me regalabas.
Acababa de correrme pero no podía parar de jadear, sus gritos me excitaban tanto como sus movimientos, estaba a punto de correrse, lo sentía. Salió de mi y llevo su mano a su polla. Apenas tres movimientos y sentí como el calor de su lefa acariciaba mis nalgas. Volví la cara y sonreí, sabía que sentir ese calor sobre mi cuerpo era un placer añadido, por eso, siempre intentaba hacerme ese regalo.
Para terminar, recorrió con su lengua mi columna, parándose solo cuando llegó a donde estaba depositado su regalo.
- Vístete, te invito a cenar.
Me dijo con un beso, y supe que la noche no había hecho más que empezar.

2 comentarios:

Sus Utópica dijo...

Gracias al inspirador, y a un par de imágenes que se me han venido a la mente.

Al Andalus dijo...

uffff nena!!!!!!!
como me has puesto ... impresionante
me encanta